22 febrero 2011

Errores científicos por los que dar gracias



Los errores científicos no siempre terminan en derrota y derroche de dinero totales. Algunos generan nuevos descubrimientos interesantes.

La viagra

Originalmente fue ideada para tratar la angina de pecho. Aunque el medicamento no consiguió aumentar el aporte de sangre al corazón, los pacientes hicieron notar un curioso efecto secundario… y es que otra parte de sus cuerpos tenían un aporte de sangre que daba gusto. Literalmente.


Bromuro potásico
Hace no demasiado tiempo, la masturbación era vista como el padre de todos los males. Eras el mismísimo diablo si tan solo pensabas en ello. Se intentó hacer de todo para evitarlo, hasta que se descubrió el bromuro potásico. Los pacientes a los que se administraba tuvieron un menor índice de masturbación (no sé cuánto te tienen que pagar para que accedas a un estudio así…), y se proclamó como la solución definitiva. Poco después, se vio que no es que hubieran menos toqueteos, si no que había menos de todo. Menos actividad en cualquier cosa.

Lo rebautizaron como “sedante“.


Penicilina
Un clásico. Alexander Fleming descubrió que un moho había contaminado unos cultivos bacterianos. No obstante, el área que rodeaba el moho, ¡estaba libre del virus! Fleming predijo que tuvo un efecto antibacteriano. El descubrimiento le valió un premio Nobel.


El Big Bang

Arno Penzias y Robert Wilson estaban un día atareados arreglando una antena de comunicación satelital. PNo obstante, probaron a apuntar a la Vía Láctea. Mientras lo movían aquí y allá, se dieron cuenta de que había un ruido de fondo que no debía estar. Aparecía apuntaran a donde apuntaran, hubiera objetos celestes o no. Cuando echaron un vistazo al interior, vieron nidos de palomas (aquello estaría hecho un cristo). Pero tras limpiarlo, el ruido persistía. Resultó que lo que captaban era la radiación cósmica de fondo, que se considera el residuo del Big Bang. Nuevamente un premio Nobel fue otorgado por este accidental descubrimiento.


Los Rayos X
William Roentgen, físico, estaba hacienco pasar una corriente eléctrica por un tubo de vidrio con un gas en su interior. El gas brilló inesperadamente. Para continuar con su experimento sin el molesto brillo, recubrió el tubo con un grueso papel.

El brillo se mantuvo, pero esta vez procedió de una pantalla tratada con elementos pesados, situada unos metros a distancia. Tras unos experimentos, comprendió que había descubierto un rayo que pasaba a través de elementos ligeros pero no de los pesados: los rayos X.


El cristal de seguridad
Bien, como muchas otras cosas en la vida, se descubrió gracias a la falta de higiene. Ocurrió que un investigador torpe tiró un vaso al suelo. No obstante, aunque se rompió, no se dividió en afilados trocitos. Interesándose por el extraño suceso, preguntó qué había contenido: una solución de nitrato de celulosa, parecido a un plástico líquido. Por lo visto, no se había limpiado bien, al solidificar y quedar como una fina capa transparente: recubrió el cristal interior e impidió su fragmentación.


La sacarina
Fahlberg. Es el nombre de un señor que trabajaba con alquitrán de carbón, llegando a casa con las manos más negras que un pozo de petróleo. Tal cual llegó, probó unos bollos que hizo su mujer, sin lavarse las manos ni nada. Le supieron dulces. Le preguntó a su mujer si tenían algo especial, pero ella le dijo que no y que sabían como siempre. Resultó que eran sus manos las que sabían dulces.

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